jueves, 23 de febrero de 2012

Tema 13: Transformaciones económicas y cambios sociales en el siglo XIX y primer tercio del siglo XX

13.1 Transformaciones económicas. Proceso de desamortización y cambios agrarios. Las peculiaridades de la incorporación de España a la revolución industrial. Modernización de las infraestructuras: El impacto del ferrocarril.
Durante este periodo Gran Bretaña es la gran potencia económica del momento, pero las grandes transformaciones económicas que suponen su revolución industrial se están extendiendo rápidamente a otros países de Europa Occidental y esto implica un enfrentamiento entre dos políticas económicas de signo opuesto: el librecambismo (aranceles bajos) defendido por Gran Bretaña, y el proteccionismo (aranceles altos), propugnado por los países que desde una situación de inferioridad pretenden conseguir su propio desarrollo industrial. En España estas transformaciones se introducirán también, aunque con mayor retraso y lentitud, y afectarán a todos los sectores de la economía.

La agricultura
Las transformaciones fundamentales consisten en los cambios irreversibles que se producen en el sistema de propiedad de la tierra, desde el tipo propio del feudalismo al del capitalismo. Estos cambios (ya intentados y fracasados durante las Cortes de Cádiz y el Trienio Liberal) se plasman en las siguientes leyes:
- Desvinculación de los mayorazgos (1.836): posibilita al noble a que pueda disponer como propietario con plena autoridad de sus bienes sin tener la obligación de transmitir íntegro el patrimonio a su primogénito: con el paso de dos o tres generaciones muchos grandes patrimonios desaparecerán al ser vendidos.
- Supresión de la propiedad señorial (1.837): se abolen definitivamente los derechos jurisdiccionales tales como los monopolios (hornos, molinos, tiendas), los derechos de caza, pesca, etc.: el vasallaje deja de existir, pero los derechos de propiedad de la tierra señorial quedan en manos del antiguo noble (ahora propietario de tipo burgués, con pleno derecho a disponer de ella como crea conveniente) pues éste no queda obligado a presentar los títulos de su propiedad. Esto supone que el campesino cultivador, aunque ya no tenga obligaciones propias del vasallaje, no puede convertirse en propietario de la tierra que cultiva desde generaciones anteriores y, por el contrario, puede ser inmediatamente expulsado de ella, o trabajarla como jornalero o arrendatario en condiciones frecuentemente muy diferentes, y peores, que antes.
- Desamortización eclesiástica de Mendizábal (1.836-7): El Estado expropia las tierras de la Iglesia (tanto del clero regular como del secular) a las que convierte en bienes nacionales que posteriormente serían subastados públicamente en condiciones muy favorables para los compradores (1/5 del precio de remate se paga en efectivo en el momento de la compra y el resto a plazos, bien en efectivo durante los siguientes 15 años o bien en títulos de Deuda Pública -según su valor nominal- durante los siguientes 8 años). Esta ley persigue diversos objetivos: conseguir apoyo social para el gobierno entre los potenciales nuevos propietarios, disminuir el poder político y económico de la Iglesia, mejorar las finanzas del Estado, obtener recursos suficientes para equipar mejor al ejército con el fin de conseguir la derrota de los carlistas y posibilitar nuevas formas de cultivo que aumentasen la producción de las tierras.
Esta desamortización se aplicó muy intensamente en los años siguientes pues entre 1.837 y 1.844 (año en que la paralizaron los moderados) 3/5 de las tierras de la Iglesia ya habían cambiado irreversiblemente de manos, y seguiría aplicándose, ya más lentamente, en lo sucesivo.
Las consecuencias de esta ley serán también diversas: el Estado se beneficia poco pues las tierras se compran a precios bastante bajos, la burguesía es el sector más beneficiado pues consigue las tierras en condiciones muy favorables, los campesinos que cultivaban las tierras desamortizadas salen perjudicados pues difícilmente pueden acceder a comprarlas y además estarán a la merced de lo que el nuevo propietario quiera hacer con ellas, la Iglesia sufre un fuerte golpe económico del que difícilmente podrá recuperarse, el patrimonio cultural y artístico se deteriorará considerablemente (ruina de edificios de gran valor artístico) pues los nuevos propietarios no considerarán conveniente invertir en su mantenimiento, y la producción no mejoraría sustancialmente pues los nuevos propietarios (burguesía absentista) no pondrán el interés ni realizarán las inversiones necesarias.
- Desamortización civil de Madoz (1.855): obliga a los municipios a vender, mediante subasta pública, a los particulares sus tierras de propios (tierras de cultivo que pertenecen al municipio y que explotan los vecinos a cambio del pago de una renta). Establece que 1/10 del dinero que se obtenga de estas ventas debería pasar directamente a manos del Estado y los restantes 9/10 deberían invertirlo los municipios en la compra de Deuda Pública del Estado (a un interés de 3%). El objetivo principal de esta ley es el que el Estado pueda conseguir recursos suficientes para la construcción de las líneas ferroviarias (no por casualidad se aprueba en el mismo año la Ley General de Ferrocarriles).
Sin embargo en muchos municipios sus autoridades deciden subastar, junto con los propios, también las tierras comunales (tierras no cultivables, pastos y bosques, que permitían la utilización por parte de todos los vecinos). El resultado de todo este proceso de privatización de las tierras municipales será que muchos municipios se quedarán sin recursos pues pierden definitivamente unos bienes que desde siglos les permitían tener una autonomía económica. También fueron muy perjudicados los vecinos más pobres (no tenían ninguna posibilidad de convertirse en propietarios), por el contrario los grandes beneficiados son las oligarquías locales (que suelen ser también las mismas autoridades municipales), que organizaron el sistema de subastas a la medida de sus ambiciones.
Todo esto supone que al pasar del feudalismo al capitalismo en España no solo no desaparecen las grandes propiedades latifundistas, muy importantes especialmente en Extremadura, La Mancha, Andalucía..., sino que se mantienen (y en muchos casos se incrementan), pero ahora en manos de una oligarquía de terratenientes de origen burgués. Los nuevos propietarios no se verán estimulados a realizar inversiones en nuevas técnicas y sistemas de cultivo sino que prefieren utilizar la numerosa mano de obra existente (jornaleros con salarios muy bajos) y presionar al Estado para que desarrolle una política proteccionista que le garantice precios altos, y ganancias seguras, para sus productos (especialmente el trigo). El resultado de esto será un atraso relativo de la agricultura española.

La industria
Las actividades industriales más características de la primera revolución industrial son la industria textil (principalmente algodonera), la siderurgia y la minería del carbón y del hierro y también se introducen en España, aunque con mayor lentitud y debilidad que en los principales países de Europa Occidental, a partir de la década de 1.830 (aprobación de leyes como la abolición definitiva de los gremios, libertad de empresa).
- La industria textil algodonera se consolida principalmente en Cataluña (Barcelona, Sabadell, Tarrasa, Manresa). Aquí ya existía el precedente, en el siglo XVIII, de la fabricación de indianas (tejidos de algodón que se vendían en las colonias americanas) con técnicas industriales semejantes a las británicas de la época, sin embargo la guerra de 1.808-1.814 y sus secuelas (pérdida de los mercados americanos) repercutieron muy negativamente. Pero en la década de 1.830 se recupera la actividad industrial mediante importantes inversiones en maquinaria moderna (telares mecánicos movidos a vapor o por energía hidráulica) y en las siguientes décadas se desarrolla una creciente actividad productiva, que en ningún modo podía competir con otros países, destinada exclusivamente al consumo del mercado interno y de las pocas colonias que se conservaban (Cuba, Puerto Rico y Filipinas). Por ello era imprescindible para la supervivencia de este sector la adopción de una política proteccionista.
- La industria siderúrgica consiste en utilizar grandes cantidades de carbón para la fundición del mineral de hierro en los altos hornos. Para ello es preciso disponer, además del capital necesario para la constricción del alto horno, de minas de carbón y de hierro. En España la industria siderúrgica surgió en Andalucía (en 1.833 se construye el primer alto horno en Marbella, poco después se construyen otros en la provincia de Sevilla) y utilizaba como fuente de energía el carbón vegetal, de peor calidad y mucho más caro que el mineral (pues las zonas mineras carboníferas estaban muy lejos). Así pues en los años 30 y 40 del siglo XIX la mayor parte del hierro producido en España era andaluz. Sin embargo en los años 50 aparece otro foco siderúrgico en Asturias (en 1.852 se construye el primer alto horno de esta zona en Míeres), pero aquí se utiliza el carbón mineral de la muy próxima cuenca minera, por lo que el hierro asturiano será mucho más barato que el andaluz. Cuando en los años 60 se construyan las principales líneas ferroviarias que permitan que el hierro asturiano llegue a todas las regiones del país, la siderurgia andaluza no podrá soportar esta competencia y terminará desapareciendo definitivamente. Sin embargo también la industria siderúrgica española, como la textil, era poco competitiva con la extranjera, por lo que para poder desarrollarse precisaba de medidas proteccionistas (pero éstas, en gran parte brillaron por sus ausencias, pues el Estado permitió la importación de grandes cantidades de hierro extranjero para la construcción de las líneas ferroviarias españolas).
Las causas del inferior desarrollo industrial de España son diversas: por una parte existe el factor fundamental de la escasez de las inversiones, pues la burguesía española prefiere invertir sus capitales en otras actividades menos arriesgadas (compra de tierras desamortizadas, compra de Deuda Pública, especulación con el suelo urbano y con la construcción del ferrocarril..), y los capitalistas extranjeros prefieren invertir en el ferrocarril o en las explotaciones mineras más rentables (cobre, carbón). Por otra parte está el factor de que los mercados son muy reducidos ya que la industria española, al no poder vender sus productos en el mercado extranjero, tiene que contar exclusivamente con el mercado nacional (España y sus escasas colonias) cuya capacidad de consumo es muy limitada.

El ferrocarril
También el ferrocarril se construye con retraso. Hasta 1.855 los moderados, desde el poder, se dedican principalmente a establecer el sistema radial según el cual deberían construirse posteriormente las líneas ferroviarias (con Madrid en el centro) y promover negocios especulativos sobre el tendido, pero las líneas que en realidad se construyen son pocas y aisladas: Barcelona-Mataró (1.848), Madrid-Aranjuez (1.851), Valencia-El Grao (1.852). Pero en 1.855 los progresistas le darán un gran impulso a la construcción mediante la aprobación en este año de la Ley de Desamortización Civil y de la Ley General de Ferrocarriles. Esta ley estipula grandes alicientes económicos para los capitales privados, tanto extranjeros como nacionales, que se inviertan en la construcción de los ferrocarriles españoles: el Estado garantiza una rentabilidad de un 6 % al capital que se invierta (el dinero necesario se obtiene de la desamortización de bienes municipales) y, además, se permite importar libremente y sin cargas arancelarias todo el hierro necesario. De este modo se constituyen diversas compañías ferroviarias (MZA, Compañía del Norte) con capital mayoritariamente extranjero (francés, belga..), y en menor medida nacional, que durante los años siguientes construyen a un gran ritmo las principales líneas del país (4.500 Km. entre 1.856 y 1.865). Estas compañías ferroviarias consiguieron grandes beneficios durante esta fase de la construcción, pero cuando acaba y llega el momento de explotar las líneas, los beneficios disminuyeron sensiblemente pues la economía española del momento no estaba lo suficientemente desarrollada como para protagonizar un volumen de intercambios de mercancías y pasajeros que fuese suficientemente rentable, esta situación desembocaría en la crisis de 1.866.
Los ferrocarriles españoles se construyeron con un ancho de vía distinto al de Europa (lo que dificultaría considerablemente los intercambios en el futuro) y la medida de importar libremente y sin cargas arancelarias todo el hierro necesario contribuyó poco para estimular de desarrollo de la industria siderúrgica española (al contrario de lo que sucedió en otros países), pero su construcción supuso el importante efecto positivo de permitir, por primera vez en la historia, la existencia de un mercado nacional articulado.

13.2 Transformaciones sociales. Crecimiento demográficos. De la sociedad estamental a la sociedad de clases. Génesis y desarrollo del movimiento obrero en España.
La población española comienza a experimentar en el aspecto demográfico cambios importantes que se seguirán desarrollando en las etapas posteriores. Entre 1.797 (catastro de Floridablanca) y 1.857 (primer censo general) la población aumenta de 10´5 millones hab. a 15´5 millones hab. En ningún otro momento anterior de la historia de España se había producido un crecimiento de la población tan intenso (4´8 ‰ anual). Este crecimiento se debe principalmente a la elevada natalidad, pues la mortalidad, aunque tiende a disminuir algo, sigue siendo aún muy alta (guerras, hambrunas, epidemias de cólera en 1.835 y 1.855.). El nivel cultural es muy bajo (la tasa de analfabetismo de 1.860 es el 80 %, y es bastante superior entre las mujeres). La densidad de población es baja (30´5 hab. /km2 en 1.857) y ahora comienza a manifestarse el proceso (que continuará hasta nuestros días) de progresiva concentración de la población en la periferia en perjuicio de las zonas interiores. La mayor parte vive en zonas rurales (en 1.856 solo el 25% de la población vive en núcleos superiores a 5.000 hab.), pero en las principales ciudades se producirán novedades significativas: se desarrolla una creciente actividad industrial que atrae población de las zonas rurales; esto implica una necesidad de aumentar su superficie (las murallas medievales son un obstáculo y terminan siendo derribadas) construyendo nuevas zonas residenciales. Además las ciudades necesitan ser dotadas de servicios modernos: agua, alcantarillado, alumbrado de gas, ferrocarril, etc. Esto supondrá para las burguesías locales la posibilidad de hacer grandes negocios mediante la construcción, la especulación de los suelos urbanizables y la constitución de sociedades anónimas de abastecimiento de agua, gas, etc.

En cuanto a la composición social, en este periodo se consolida definitivamente el sistema propio de una sociedad de clases de tipo capitalista en la que, si bien ya no hay una división entre sectores privilegiados y no privilegiados (la ley, en principio, es la misma para todos), si que existirán grandes desigualdades de tipo económico:
- El poder político y económico está en manos de una oligarquía compuesta por elementos procedentes de la alta nobleza: son unas pocas familias que no se perjudican cuando desaparece el feudalismo, pues aunque perdieron los ingresos derivados de sus derechos jurisdiccionales lograron conservar gran parte de sus tierras (convertidas ahora en propiedad privada con plenos derechos sobre ellas) e incluso aumentarlas con las desamortizaciones. También forman parte de la oligarquía dominante las diversas capas sociales que forman la alta burguesía: terratenientes, financieros, especuladores, banqueros, industriales, grandes comerciantes, altos funcionarios del Estado. Muy frecuentemente se producen situaciones de conexiones entre todas estas actividades (terratenientes que son también banqueros, industriales que compran tierras.). Sin embargo no hay que olvidar que los grandes propietarios latifundistas, tanto los de origen nobiliario como los burgueses que se benefician de las diversas desamortizaciones, son el sector hegemónico, como corresponde a un país donde la tierra es, aún, la principal fuente de riqueza.
La oligarquía, como clase social dominante, contará con el inestimable apoyo (además de la reina) de dos instituciones cada vez más identificadas con ella: el ejército y la Iglesia. El ejército es una institución muy jerarquizada y está organizado mediante el odiado sistema de quintas, que recae exclusivamente en las clases sociales más pobres (el servicio militar lo realizan 1/5 de todos los mozos, según sorteo anual, pero los que proceden de las familias más ricas pueden librarse pagando dinero a cambio). Es una institución muy propensa a intervenir autoritariamente en la vida política del país mediante pronunciamientos (“cuartelazos”) según la tendencia política de sus dirigentes: aún pervive una significativa división política entre ellos (moderados unos y progresistas otros). Muchos de los “espadones” moderados más significativos (Narváez, O´Donnell, Serrano.) tendrán tanto poder que se convertirán importantes políticos del momento. En cuanto a la Iglesia, si bien gran parte de ella en un principio se manifiesta partidaria del carlismo y se opone al nuevo orden burgués, a partir de la década de 1.840 cambiará de postura: admitirá la desamortización de sus tierras como algo irreversible (y con ello tranquiliza las conciencias de la oligarquía que se quedó con sus tierras) y se reconcilia con el nuevo orden burgués (del que ahora se convierte en defensor con los mismos argumentos que anteriormente defendía el sistema feudal: el poder procede de Dios), y a cambio obtendrá grandes beneficios tales como la financiación por parte del Estado, el control de sectores importantes de la enseñanza, el derecho a acumular nuevas propiedades, todo lo cual le permitirá mantener aún una gran influencia social.

Esta oligarquía detenta el poder a través del partido moderado. Su ideología (cuyos principios básicos están recogidos en la Constitución de 1.845) es muy conservadora: en lo político defiende el principio de la soberanía compartida frente al principio de la soberanía nacional o popular, un sistema de sufragio muy restringido para una minoría (rechazo del sufragio universal), la restricción de la libertad de expresión mediante una fuerte censura, un centralismo extremo, y utiliza la represión (ejercida por la guardia civil, y en ultima instancia por el ejército) frente a cualquier situación que amenace su concepto de “orden y paz social”. En lo económico es partidario de una política proteccionista, que beneficia tanto a los terratenientes de las zonas trigueras como a los industriales. En lo social se opone a reformas como el derecho de asociación, de sindicación, de huelga.
La pequeña burguesía (o clase media) es una clase predominantemente urbana, pero aún es poco numerosa y, por lo tanto, su peso social es escaso. Está compuesta por capas muy diversas, tanto en el aspecto económico como en el nivel cultural: profesionales liberales (abogados, notarios, médicos), profesores universitarios, pequeños comerciantes, pequeños industriales, artesanos, funcionarios de niveles medios y bajos, etc. Esto explica que parte de ella tienda a identificarse con la oligarquía y con los valores que representa y que otros sectores, en cambio, sean partidarios de políticas de planteamientos más progresistas.
La clase obrera también es un sector predominantemente urbano, cuyo número aumenta constantemente debido a la progresiva emigración de campesinos pobres hacia las ciudades. Lo que caracteriza principalmente a sus miembros es su condición de asalariados. Está compuesta, tanto por los sectores que trabajan en servicios diversos (criadas domésticas, dependientes de comercios, mozos, aprendices.) como por el proletariado industrial.
Éste último es un sector muy poco desarrollado a escala nacional, como corresponde a una época en que está naciendo las primeras formas de capitalismo industrial, pero es especialmente importante en la zona textil de Cataluña (hacia 1.850 son aproximadamente 100.000: la mitad de todo el país), en las zonas mineras, en la periferia de las principales ciudades (pequeñas industrias) y en la construcción del ferrocarril. Sus condiciones laborales son muy duras: explotación del trabajo de mujeres y niños, jornadas de trabajo superiores a 12 y 14 horas, salarios muy escasos, condiciones de trabajo muy perjudiciales para la salud, precariedad total en caso de accidente laboral o enfermedad, férrea disciplina que impedía cualquier forma de protesta bajo la amenaza de despido automático, etc. Sus condiciones de vida son muy miserables: barrios degradados y sin servicios, viviendas inhabitables, elevada mortalidad (hay enfermedades muy extendidas, además de las laborales, como la tuberculosis, el cólera), incultura, alcoholismo, etc.
Las primeras manifestaciones de protesta obrera contra estas condiciones laborales y de vida fueron de tipo violento: el ludismo (destrucción de las máquinas modernas a las que se culpa del aumento del paro y de los salarios bajos) y surgieron en 1.821 en Alcoy y en 1.835 en Barcelona (incendio de la fábrica Bonaplata, la primera que introdujo maquinaria de vapor), pero progresivamente se desarrollaron otros métodos de lucha, más maduros y efectivos, basados en el asociacionismo, la unidad de acción y la utilización de la huelga contra los patronos. Por ello un objetivo fundamental de esta etapa inicial de la historia del movimiento obrero español será conseguir el derecho de asociación y de huelga: ya en la década de 1.830 surgirán las primeras sociedades de socorros mutuos (entidades privadas de carácter asistencial) que serán el precedente de las primeras formas de sindicalismo obrero.

En el aspecto político, el partido progresista contará, durante mucho tiempo, con el apoyo de las masas urbanas compuestas por amplios sectores de la pequeña burguesía y del proletariado, pues éstas aspiran a que cuando aquel llegue al poder se realicen reformas profundas que mejoren sus condiciones de vida: supresión del sistema de quintas, eliminación de los impopulares impuestos indirectos (tasas, consumos), legislación laboral y salarial avanzada, derecho de asociación y de huelga, etc. Sin embargo este partido estará dirigido por elementos acomodados, entre los que destacan, sobre todo, famosos “espadones” del ejército tales como Espartero y Prim, que llegarán a ser muy populares entre las masas urbanas. Estos dirigentes no son partidarios de medidas tan avanzadas, y su postura ideológica (está perfectamente recogida en la Constitución de 1.837) es, en realidad, solo algo más avanzada que la del partido moderado: soberanía nacional, sufragio restringido (aunque algo más amplio), mayores niveles de libertad de expresión, restablecimiento de la Milicia Nacional, una política económica menos proteccionista, cierto anticlericalismo, etc. Para conseguir llegar al poder los progresistas suelen actuar de la siguiente manera: promueven un pronunciamiento militar protagonizado por el sector progresista del ejército, que se complementa con la participación de las masas urbanas mediante la formación de “juntas revolucionarias” (que plantean necesidad de realizar urgentemente las reformas antes mencionadas) en las principales ciudades. Si se logra con estos procedimientos el triunfo y se constituye un nuevo gobierno de signo progresista, lo primero que hacen los dirigentes del partido, desde el poder, es disolver las juntas revolucionarias y postergar la realización de dichas reformas. Con ello pierden un importante apoyo popular y, al cabo del tiempo, el poder, que vuelve a manos de la oligarquía moderada (esto explica perfectamente lo que sucede durante los diversos momentos de gobierno de Espartero).

Progresivamente irán surgiendo otras posiciones políticas situadas más a la izquierda del partido progresista y que recogerán el apoyo de las masas urbanas desencantadas que se le vayan alejando:
El partido demócrata (fundado en 1.849) se caracterizará principalmente por la defensa del sufragio universal (solo para los hombres) y por mayores niveles de libertades individuales de imprenta, de culto, de asociación, etc.
El republicanismo: Hace suyas las reivindicaciones económicas y sociales más avanzadas y las identifica con un régimen político no monárquico.

El campesinado es el sector más numeroso de la población (66 % de la población total). Los cambios en el sistema de propiedad de la tierra (desvinculación, supresión de los señoríos, desamortización civil y eclesiástica) no afectaron a todo el campesinado de la misma manera. En algunos casos los campesinos pudieron comprar las tierras que se desamortizaban o las que muchas familias nobiliarias ponían a la venta, pero lo habitual fue que el campesinado más pobre no solo no logró mejorar sus condiciones de vida sino que, en muchos casos, éstas empeoraron. Además, en las zonas rurales se instalará una situación de dominación por la que los campesinos estarán sometidos a las oligarquías locales: los caciques. Éstos, que están muy vinculados a las autoridades superiores, controlan los ayuntamientos, son los prestamistas, proporcionan o deniegan la posibilidad de trabajar, manipulan las elecciones en beneficio suyo, etc.
La condición del campesinado es variada. Hay un sector de medianos y pequeños propietarios (20 % de la población total, y predominan en la mitad Norte de España) muchos de los cuales tiene una propiedad tan escasa que tienen que trabajar también como arrendatarios o/y jornaleros. Los arrendatarios y aparceros (el 7% de la población total) son los antiguos vasallos que ahora cultivan la tierra del propietario a cambio de un pago en dinero o en especie; ya no están sometidos a servidumbres de tipo jurisdiccional, pero trabajan con una mayor precariedad que antes: los contratos de arrendamiento suelen ser de corta duración (hay excepciones importantes) y al acabar pueden ser expulsados de la tierra sin derecho alguno. Finalmente están los jornaleros: es el sector más numeroso (alrededor del 40 % de la población total) y el que vive más miserablemente; es especialmente abundante en las zonas más latifundistas: Extremadura, La Mancha, Andalucía. No tienen tierras propias y viven de los escasos salarios que consiguen cuando hay trabajo (épocas de siembra, cosecha, etc.), algunos de ellos son pequeños propietarios, arrendatarios o aparceros que necesitan trabajar también como asalariados para poder subsistir.
Así pues, es explicable que las malas condiciones de vida de gran parte del campesinado español generen una situación de rechazo contra el orden burgués, que en el caso de los pequeños propietarios del N. de Castilla, País Vasco, Navarra, y de zonas de Aragón, Cataluña y Valencia se canaliza en el apoyo al carlismo. Pero en las zonas latifundistas de La Mancha, Extremadura y, sobre todo, Andalucía, donde el hambre de tierras es permanente entre los campesinos más pobres, dicho rechazo se plasma a través del fenómeno del bandolerismo rural (los bandoleros proceden del campesinado y cuentan con su apoyo), y mediante constantes agitaciones y revueltas (sobre todo en los años de malas cosechas y de hambre) contra los grandes propietarios (la más importante de ellas es la 1.863 en Loja, Granada). La respuesta a todo esto, desde el poder, será el empleo de la represión por parte de la Guardia Civil y, si es preciso, del ejército.

Génesis y desarrollo del movimiento obrero en España
La ruptura del sistema del Antiguo Régimen significó el final de los Gremios como forma de producción. Sus oficiales y aprendices pasan a ser un proletariado cada vez más desprotegido ante los intereses del capital que les harán sobrellevar una vida miserable o emigrar. La velocidad de este proceso dependerá del grado de desarrollo industrial de las distintas ciudades, siendo Barcelona y su entorno el lugar en donde será más evidente y profundo. Será precisamente allí en donde se producirán las primeras manifestaciones del movimiento obrero.

Políticamente muchos de sus miembros se acercarán a los partidos demócratas (sufragio universal, libertad de asociación, reducción de impuesto de consumos, eliminación de quintas) y más tarde (Sexenio) a los republicanos, participando activamente en alguna de las Juntas y revueltas que organizan sus sectores más radicales (Bienio Progresista, revolución de Septiembre de 1868, apoyo inicial a la I República de la que muy pronto quedarán desencantados ante la lentitud de las reformas, volviéndose contra ella).
Además de esta vertiente política, este proletariado iniciará, al igual que ocurre en toda Europa, un proceso asociacionista (Movimiento Obrero) en defensa de sus intereses económicos.
Tras unas primeras manifestaciones derivadas del socialismo utópico de Fourier (falansterio de Jerez), el proletariado intentará el reconocimiento legal de sus organizaciones (concedida en 1840) que culminará en la primera huelga general (Barcelona, 1854) por el descontento de los obreros ante la introducción de las máquinas selfactinas (máquinas automáticas para la hiladura). Tras varios episodios de violencia, se intentará llegar a un acuerdo con el gobierno (proyecto de ley que mantendría el derecho de asociación, jornada laboral de 10 horas, creación de jurados mixtos y prohibición del trabajo infantil con escuelas industriales gratuitas). La salida de Espartero del gobierno (fin del bienio, julio 1856) deja paralizada tal reforma.

A nivel internacional, el movimiento obrero español también participa en la AIT a partir de 1868, mandando un delegado. La propia Internacional envía a Guiseppe Fanelli (de tendencia anarquista) a la formación de una sección nacional de la misma, consiguiendo una gran cantidad de afiliados que se realizarán su primer congreso en 1870 (Federación de Trabajadores de la Región Española, FTRE), en donde triunfa la tendencia anarquista (muy presente en Barcelona y el campo andaluz) frente a un socialismo más minoritario (País Vasco y Madrid).
Todo este crecimiento, acompañado por numerosas huelgas y manifestaciones, a veces violentas, crea un sentimiento de inseguridad entre las clases altas y medias que controlan el poder, pues ven en estas organizaciones un verdadero peligro para el sistema liberal. Fruto de esto serán las políticas represivas de Sagasta (1872, durante el reinado de Amadeo I).
Durante la I República (y especialmente bajo el gobierno de Pi Y Margall al que apoyan), gran parte de sus propuestas se encuentran recogidas por el proyecto de Constitución de 1873, aunque la deriva hacia el conservadurismo del régimen (gobiernos de Salmerón y Castelar) volverán a enfrentarse contra los internacionalistas que serán finalmente disueltos por parte de Serrano en 1874.

13.3 Transformaciones culturales. Cambio en las mentalidades. La educación y la prensa
1. CAMBIO EN LAS MENTALIDADES: KRAUSISMO, POSITIVISMO, DARWINISMO.
La cultura española del siglo XIX se caracteriza por la influencia de las corrientes culturales europeas, por la difícil convivencia entre tradición y progreso, por el elevado analfabetismo y el escaso interés por la cultura y la ciencia.
Destaca la irrupción del krausismo como modelo de pensamiento. Se trataba de un sistema filosófico formulado por los alemanes Christian Krause y Heinrich Ahrens, e introducida en España por el profesor Julián Sanz del Río hacia 1874. Pronto se formará un grupo en el que se encontraban Giner de los Ríos, Bartolomé Cossío, Canalejas, Fernando de Castro, Rafael Altamira, Salmerón y Azcárate. Su ideología se basaba en la primacía de la razón, la defensa de la libertad de conciencia, el culto a las ciencias experimentales, liberalismo y tolerancia, moral austera, importancia de la disciplina y del cumplimiento del deber individual, optimismo en la naturaleza humana, anticlericalismo y espiritualismo de carácter místico-panteísta que condujo a buscar la presencia de Dios en la naturaleza, la más auténtica manifestación divina.
Pensaban también que la falta de libertad había impedido el desarrollo de la ciencia en España, culpando a la intolerancia católica y a la Inquisición el haber deformado a los españoles hasta convertir nuestro país en un cuerpo enfermo, sufriendo por esto duros ataques del clero.
Propugnaban la incorporación de las mujeres a la enseñanza, la europeización del país, la reforma de las costumbres y la confianza en la acción educativa y pedagógica para superar la ignorancia.
La principal obra del krausismo fue la creación en 1876 de la “Institución Libre de Enseñanza” en Madrid, a la que se añadió en 1907 la “Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas”.

Por su parte, el positivismo impulsó la incorporación de los modernos métodos científicos al estudio de los fenómenos sociales, dejando de lado las especulaciones metafísicas del pasado. Fueron aplicados a los estudios sociológicos (Azcárate), antropológicos (Antonio Machado Álvarez) e historiográficos (Altamira).

El darwinismo también penetró entonces. En 1877 Darwin fue nombrado profesor numerario de la Institución Libre de Enseñanza, siendo González Linares el encargado de difundir sus teorías, provocando numerosos ataques de la Iglesia.

2. LA EDUCACIÓN.
Tras el Sexenio Democrático, un periodo en el que había existido una amplia libertad de cátedra, la Restauración significó el establecimiento de una rígida censura contra cualquier manifestación antimonárquica o contra el dogma católico. Esto hizo que algunos catedráticos fundaran la Institución Libre de Enseñanza, con una pedagogía de vanguardia.
Fuera de este islote, se mantuvo la enseñanza tradicional, basada en métodos anticuados y poco críticos y sometida a la vigilancia estricta de la Iglesia católica. Más de 50,000 religiosos y religiosas se dedicaban a la enseñanza, sobre todo en Primaria, donde apenas intervenía el Estado.
La enseñanza secundaria se ceñía a 50 institutos repartidos por todo el territorio, destinados a los hijos de familias con posición acomodada.
Esta situación del sistema educativo provocó un gran atraso en el desarrollo científico y la investigación., manteniéndose una mentalidad atrasada y tradicional en las clases dirigentes del país.

3. LA PRENSA.
Fue uno de los principales vehículos de expresión y creación de estados de opinión y de difusión de las corrientes culturales europeas. A través de la prensa se dieron a conocer las obras de los principales escritores e intelectuales y, sobre todo, los acontecimientos más destacados de la época.
Ya tuvo una resonante importancia durante el Trienio Liberal, llegándose a publicar más de medio centenar de periódicos. Sin embargo, es a partir de los años 30 cuando la prensa adquiere una dimensión nacional. En la época isabelina destacan diarios como “La Época”, “La Iberia”, “El Clamor Público” o “La Democracia”, a través de los cuales se difunde el liberalismo.
Desde los años 60, la madurez y el pluralismo de la prensa española se manifiesta en la aparición de un nuevo tipo de periódicos de información general, como “El Imparcial” o “La Correspondencia de España” y de nuevas publicaciones de prensa especializada y de revistas ilustradas como “La Ilustración Española y Americana” de 1869.

4. LAS MANIFESTACIONES LITERARIAS Y ARTÍSTICAS.
Distinguimos en el siglo XIX dos periodos separados por el Sexenio Democrático. En el primero el romanticismo histórico, impulsado por la influencia de Chateubriand y Walter Scott, da lugar a un romanticismo tradicionalista y antiliberal en las obras de Alberto Lista y Agustín Durán. El romanticismo liberal aparecerá hacia 1834, influido por la obra de Víctor Hugo, siendo sus principales representantes Larra, Martínez de la Rosa y José de Espronceda. Tendrá también un componente regional como ocurre con la Renaixença catalana.
A mediados de siglo se impone el realismo, representado por las obras costumbristas de Fernán Caballero. No obstante el Romanticismo continuará tanto en la obra de Bécquer como en la de Rosalía de Castro.

La arquitectura compaginó elementos modernistas (ensanches de Barcelona y Madrid) con la historicista (neoclásico, neogótico, neomudéjar). La escultura mantuvo viva la tradición neoclásica en la obra de Bellver, Querol o Benlliure. La pintura fue más rica y variada. El neoclasicismo dio pasó a los románticos Alenza y Lucas. El realismo tiene en Madrazo, Martí y Ansina a sus principales representantes con escenas de la vida cotidiana. Hacia mediados de siglo se impone el academicismo de tipo histórico, destacando Eduardo Rosales, Gisbert, Pradilla y Mariano Fortuny.
En segundo periodo el realismo se impone en su vertiente naturalista, destacando Benito Pérez Galdós, Leopoldo Alas “Clarín”, Valera, Blasco Ibáñez o Pardo Bazán que nos muestran una España urbana y rural desde un punto de vista crítico.
Entre los años 1898 y 1914 triunfan las tesis modernistas de los hombres de la generación del 98 y del regeneracionismo.
Se produce en el ámbito musical un auténtico afán nacionalista, inspirado en la riqueza del folklore: Sarasate, Albéniz, Granados, Turina y, sobre todo, Falla y Rodrigo.
El arte de finales del siglo XIX tiene en el arquitecto catalán Antonio Gaudí el máximo exponente de la arquitectura modernista. En pintura destaca Casas, Rusiñol, Nonell, Zuloaga y un joven Picasso. También se puede hablar de un arte de exaltación del regionalismo en autores como Pinazo y Sorolla (Valencia), Romero de Torres (Andalucía) o Zubiarte y Arteta (País Vasco)
A principios del siglo XX se impone la arquitectura funcional, los escultores Macho, Julio González y Gargallo desarrollan los “istmos” y Picasso y Gris iniciarán el cubismo.

JV
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