domingo, 28 de noviembre de 2010

El valido, una reflexión

 


http://inmf.org/academiefrancophonie.htm
La figura del valido es una constante de nuestra historia que podría estar en la base explicativa de dos procesos históricos: de una parte el proceso de centralización monárquica que llevó a una profunda burocratización de las estructuras de poder necesitaron de figuras de gran poder y con estrecha vinculación con los monarcas que por su formación y posición en las estructuras cortesanas les permitieran llevar las riendas de esa enorme administración, desde unos cargos siempre difíciles de definir ya que no tenían atribuciones concretas y eran la perfecta victima en caso de que las políticas de los monarcas fracasarán, evitando con ello que la figura del monarca resultará dañada.


Por otra parte la consolidación monárquica en Europa se vertebró entorno a la idea dinástica y en consecuencia de consolidación de la institución, a través de la herencia en el cargo, esto provocó el acceso al puesto de rey de niños en muchos casos y en otros de personas cuyas capacidades eran limitadas e incluso nulas, la defensa de la monarquía requirió así de administradores que pudieran dirigir estos modernos estados.

La figura del valido es una constante en la historia de los reinos peninsulares, figuras como Álvaro de Luna durante el reinado de Juan II, o el peso de Beltrán de la Cueva en el reinado de Enrique IV son un claro ejemplo de esta realidad. Sin embargo conviene no olvidar que pese a tratarse de una institución que siempre se vincula con la evolución política de la Península y sus reinos, no es menos cierto que la existencia de estrechos colaboradores de los monarcas que jugaron un papel decisivo en la consolidación de sus respectivas monarquías no es exclusivo de la Corona de Castilla, por citar un ejemplo la relación entre Tomás Becket y Enrique II Plantagenet en Inglaterra resulta cuando menos un antecedente a analizar. Por no hablar de la “peculiar” relación de Enrique VIII con Tomas Moro y Cranmer.
En este sentido la evolución política de la Europa del siglo XVII, no hubiera sido la misma sin las figuras del Duque de Buckingham, Richelieu y el Conde Duque de Olivares.



La figura del valido tiene su leyenda negra, es muchos casos se les ha vinculado con la generación de estructuras cortesanas muy endogámicas y con un funcionamiento vinculado a la prebenda y el cohecho que promovieron redes de corrupción generalizadas. Es aquí donde las figuras del Duque de Lerma, su hijo el Duque de Uceda y el propio Godoy tienen un papel destacado resultando sus “gobiernos” paradigmáticos en cuanto a la institucionalización de estas redes. Exhalan estos planteamientos ese humor feudalizante donde la confusión entre lo público y lo privado se confunden y donde algunos gobernantes entienden que lo público constituye parte de su patrimonio privado. Por desgracia esta idea pese a su vigencia histórica no deja de tener claros reflejos en la sociedad actual. Es posible que esta realidad responda a los que Hobbes denominó “un perpetuo e insaciable deseo de poder y dinero, que cesa solo con la muerte”, sustentado en la avaricia y la sensación de impunidad.

Pese a todo ilustres validos como el Conde Duque y Mazarino cayeron en desgracia precisamente por lo contrario: intentar acabar con estas dinámicas dentro del poder, ya que, las noblezas consolidadas en lo feudal digirieron mal la centralización del poder promovida por el intento de asentar los Estados Modernos.

Está vinculación de los validos como elemento residual de lo feudal fue puesta en valor por el profesor Tomás y Valiente quien planteó un proceso de refeudalización en el siglo XVII, al menos en las estructuras sociales, estableciendo que existía una privanza en todos los escalones sociales. En función de este planteamiento podemos afirmar que la figura del valido representa un esquema social que recorre de forma transversal la sociedad de este período histórico.

La figura del valido es difícil de definir en cuanto a sus atribuciones y más complejo aún es establecer los mecanismos que permitieron su ascenso hasta este cargo de gran importancia. En muchos casos se trata de personajes con una relación personal muy estrecha con los monarcas desde su más tierna infancia, en otros relaciones de amistad que la historia ha puesto de manifiesto. Pero resulta también muy interesante comprobar como la figura del confesor va a resultar un merito clave en el ascenso de algunos de ellos, los casos de Moro y Cranmer tienen su continuidad en otros como Nithard en la regencia de Carlos II, esta persona al que rey refiere sus más íntimos problemas se convierte en la figura clave del poder. Aparece aquí otro elemento esencial en la historia política occidental, la imposibilidad de entenderla sin valorar el peso que la religión y sus estructuras tienen en ese binomio feudal entre cristiandad y poder político que es clave para entender los procesos históricos en un arco cronológico que se inicia en el siglo III y no puede darse por concluido hasta la Revolución Francesa. En este sentido la controvertida figura de Rasputin y su influencia sobre el Zar puede ser un peculiar epílogo de esta corriente histórica que significó el fin de las estructuras feudales en Rusia y con ello en todo el continente.

Para concluir me gustaría volver a la idea inicial y recoger un artículo de Anibal Ardí, recogido en una Web de evocador título: la historia paralela, que hace una curiosa reflexión sobre la continuidad histórica de esta figura, en un país que por desgracia ha vivido esa dinámica histórica de una gran eclosión cultural tras una gran debacle económica y social, cosas de la historia.


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