martes, 2 de agosto de 2011

"Vientos de Cuaresma" de Leornando Padura: un paseo cubano

En este verano cubano en que nos hemos auto instalado, he recogido una sugerencia de Amparo para poner un poco de literatura en el viaje que hemos realizado y la verdad es que el resultado ha sido muy satisfactorio.
El libro de Padura nos muestra la Cuba y sobre todo la Habana de los años 90 que creo que en poco se diferencia de la que nosotros hemos conocido.
Angola, Coppelia, la música cubana y la otra, la pelota y las vallas de gallos se dan la mano en esta novela que muestra las luces y sombras que muestra esta bella Isla, dónde el pragmatismo vital ha sustituido a los ideales que ayer la hicieron diferente.
La Habana sigue siendo una ciudad en blanco y negro, desproporcionada y orgullosa llena de viejos escudos de antiguos hidalgos de mango, piña y azúcar donde el tiempo se ha detenido.
El libro de Padura está bien organizado y te acerca de forma genial a los entresijos de esta ciudad y de la sociedad que la habita. Mario Conde su personaje central en un poli que quiere ser escritor y que reivindica en sus investigaciones los traumas de una obra inacabada que podría ser el reflejo de la sociedad que describe.
Resulta un libro práctico donde “todos andan metidos en candela buscando pesos” (pág. 59), mientras otros tienen que pulir todos los días para inventar un baro”. La crisis de los 40, sobre todo en el sector masculino, puede comprobarse ese mantra repetido de una necesidad vital de “tumbarse una jevita”. Los jóvenes para el autor no esperan nada de la vida: sólo vivirla y ya. Este cierto pesimismo existencial si es plausible si se valoran las conversaciones más habituales en la vida cotidiana de los cubanos. Pero aparte de consideraciones sociológicas en el texto podemos encontrar algún análisis detallado de los gastos e ingresos de un cubano medio (pág 36) y al menos para mí, un recuerdo de esos policías de vida licenciosa y buenos gourmet, que también representó el Carvalho de Vázquez Montalban. Una cierta promiscuidad encuentra su contrapunto en magníficas recetas de Ajiaco a la marinera, bautizado como un sopón latino comparable a cualquier del planeta (pág. 66) o una receta completa de la preparación del pollo Villeroi al más auténtico estilo cubano (pág. 219-220).
En definitiva una interesante y amena novela donde la dicotomía habaneros – orientales queda perfectamente reflejada en la rivalidad en el juego de pelota, aunque esta casi siempre acaba con el cierre de la Trocha porque ganó Santiago.
En fin una buena sugerencia para el estío complejo que nos aguarda.
JV
Publicar un comentario